De lo privado a lo público. Desmitificación de la enfermedad mental

Felices los normales, esos seres extraños.
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros.

Roberto Fernández Retamar

 

Pienso en la locura y lo desarticuladxs que estamos de ella. Pienso en la ciudad, luego en lo político desde lo cotidiano y todo comienza a tener sentido; malévolo plan del individualismo y lo privado que aísla la sique, la encarcela y la despolitiza por completo ¡Qué daño nos hemos hecho!

Recordar cómo es que se fueron construyendo las ciudades me ayuda a ir desenmarañando y dar sentido a lo que quedaba en ese hueco, que hasta ahora me doy cuenta, no es accidental. Pablo Fernádez, lo discute en su libro “Espíritu de la calle”; los emplazamientos que no sólo ocurrieron de forma física, sino también mental, propiciaron que los temas de interés social pasaran de los cafés al parlamento, llevándonos a pensar en algunas problemáticas como algo propio de legisladores u organismos internacionales, y  haciéndonos caer en la trampa de únicamente llevar al diálogo de la esfera pública aquello que se reduce a lo que acontece en la calle desde la militancia, o los repetidos temas de ciudad y urbanización. Quizá justo porque al estar en discusión, resulta un tema si no visible, al menos medianamente visible, incluso por la agenda de La Política.

Sin embargo, si afinamos bien la lupa nos podemos dar cuenta que hasta las ausencias nos dicen mucho de lo que ocurre. Aquello que no vemos, es aquello que se esconde en los recovecos más obscuros de la sociedad, pero que invita  a los ojos curiosos a mirar de nuevo y replantearnos la forma de hacerlo. Meternos a las cloacas; metáfora que nos recuerda que hace algunas décadas, justamente,  lo jodido estaba literalmente bajo los pies: los apestados, los gitanos, los locos, los deformes.

Pareciera que lo único  que sabemos sobre los sectores desfavorecidos de la sociedad que se encuentran institucionalizados o privados de su libertad en sus propias casas; tal como lo son las personas “locas” de los psiquiátricos, se limita a la discusión de algún tema en clase, por ahí perdido en la memoria o en el presente, como breve epifanía de alguna persona. Charla de café de algún intelectualoide que habla de Foucault, el poder y la locura.

Ni siquiera pensamos a las personas con enfermedad mental en el cotidiano. Está muy alejado de nuestro imaginario visualizarlas caminando por las calles como parte integrada del cuadro, y si es que alguna vez lo pensamos, siempre está el estereotipo de “loco” y “loca” presente;  cargados con lo terrorífico o lo cómico.

El estereotipo social del loco vistiendo su impermeable gris es un giro de mal gusto que pertenece más a las películas de clase B32 que a una sociedad civilizada (…) uno que es impuesto, quirúrgica o químicamente y por un sistema indiferente al ‘paciente’ cuya ‘apariencia imbécil e inánimada’ está siendo usada por ese mismo sistema para poder “comprobar” su ‘enfermedad’ (Penny Rimbaud, 1982).

Aquello que está en lo privado, no llega a tener una trascendencia más allá de las paredes que lo enmarcan y el mito de lo que se cree que es, meras sombras.

Quizá por ello es que Salud Mental es lo último en la agenda pública.  Ni siquiera se nombra. Pareciera que instituciones como psiquiátricos y albergues tienen una responsabilidad compartida: la reclusión, por el bien común, de aquellos que simplemente les tocó nacer en un mal sistema, plagado de desinformación e ineficiencia. Penny Rimbaud (1982) lo dice muy claro en el fanzine “El último de los hippies”:

Las cárceles y los hospitales psiquiátricos del mundo están llenos de gente que no hizo más que no estar de acuerdo con las “normas” aceptadas del Estado donde viven. Los disidentes rusos son los héroes estadounidenses, los disidentes estadounidenses son los héroes rusos; la olla simplemente se pone más negra.

El único crimen de muchos es circunstancial y el castigo, propinado por aquellos que en un primer momento debieron protegerles, pero ante la falta de oportunidades, no tienen de otra que abandonarlos; casi como si fuera petición del estado.

Yo me pregunto: ¿será acaso la falta de afectos lo que nos imposibilita ver y actuar en torno a este tema? ¿Tan lejano de nosotros lo hemos hecho? ¿Tan incómodo? ¿Tan otro? Y por lo tanto, ¿tan despojado de lo político?

Quizá que este tema me interpele a esta escala es porque lo vivo de forma muy cercana y me afecta, con toda la carga del afecto. Es por ello que pongo en la mesa la necesidad de regresarle el peso de lo político, llevarlo a la calle y trascender los muros de las casas, de los acilos y los psiquiátricos, porque la calle necesita estar llena de “peste” para comenzar a ver y hacer. Dinamitar los muros de la Otredad.

Ellos y ellas son un performance de lo subversivo, lo que se sale de la norma está personificado en ellos y ellas, lo viven de forma cotidiana sin haberlo decidido. No basta cuestionar el si realmente se está loco o no, y promulgar un discurso con ello que de igual forma quede en las sombras de los organismos internacionales o, repito, el discurso de un intelectualoide. Hace falta tomar el argumento y evidenciar como el poder también los jode, y exigir tolerancia. Comenzar a desmitificar, sacarlo de lo privado y reivindicar la locura asumiendo una postura.

Quizá esta rabia emerja de las ganas de partirle la cara a “los puercos” (tal y como Penny Rimbaud llama a los policías, símbolos del poder) que me cargó el leer “El último de los hippies”; o quizá pretendo que realmente esto sea por fin un tema de la esfera pública desde el hacer, o una mezcla de ambas.

Los pacientes mentales siempre son víctimas de la ignorancia del Estado y del público en general, y por eso, tal vez, son los más oprimidos del mundo. En cada sociedad hay miles y miles de personas encerradas en asilos sólo por cuestionar los valores impuestos: disidentes excluidos por la etiqueta de locura y silenciados por la cura, en muchos casos para siempre (Penny Rimbaud, 1882).

Crecí con la locura en casa, me ha educado, me ha dado mucho de lo que soy, incluso la indignación. La he odiado y la he amado, porque también he visto y sentido el sufrimiento que el estigma y el despojo del ser persona genera, la anulación de las posibilidades de acción política como consecuencia de un discurso que les dice que no pueden vivir en sociedad, con la mentira de que la locura es algo que habita en el individuo y que por ende, les aprisiona. Es por ello que es urgente acompañarles en el proceso de recuperar la voz que se les ha arrebatado y darles el peso que realmente tienen, aceptar el temor que habita en nosotros a mirar nuestra propia locura; desmitificarla, porque, al menos así, otra historia se comenzaría a contar.

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De vuelta

Hace rato que no me sentía de esta manera, llevo un mes sintiendo que las cosas van mal afuera, en la casa, en la escuela, en la vida. Hace un mes que alguien me dijo que había perdido mi voluntad. Que qué había pasado con la compa que aún teniendo problemas podía seguir con entusiasmo, ahora pareciera que voy a gatas a punto de llegar a la meta.

Entre reflexiones, me di cuenta que me dolían tantas cosas, estaba siendo bombardeada por un mundo violento y mis defensas psiquicas se encontraban bajas. Y cómo hacerle si noto que es un sentimiento común, mis amigas se encuentran igual de cansadas, se huele la vulnerabilidad y las ganas de arroparnos, tomar té, pulque o una cerveza juntas, pero los tiempos nos rompen, nos separan, nos segregan y cada vez es más difícil poder encontrarnos en los sentires para descargar todas estas emociones que nos tuercen desde el estómago hasta la garganta, porque ahí se siente el enojo y las tristezas.

Hace un tiempo que también me siento sola, hace menos de un año que perdí dos amistades muy representativas que me movieron todo e incluso afectaron mi contacto con otrxs compxs. La escuela cada vez es menos mi espacio, siento que ya no estoy aprendiendo nada nuevo y que me quita el tiempo para hacer las cosas que realmente quiero y necesito. Me di cuenta que me encontraba sola, luego que no lo estaba y finalmente que si en algún momento llegaba a estarlo, jamás sería así porque me tengo a mí misma, pero hay un sistema que me ha impedido verme y no poder estar conmigo, lo cual hoy nuevamente trato de romper.

El mundo nos come vivxs si no nos armamos y nos atrincheramos, hay tantas violencias sobre el cuerpo, que no nos permiten reconocernos.

Hace un mes que dejé de escribir porque el alma no me daba para hacerlo. Porque mis dedos estaban helados y  mente tratando de sobrevivir a tanto mundo que hoy es de lo que me nace escribir. Sin duda nos hace falta psicoeducación, aprender a lidiar con este mundo que nos quiere así, sin fuerzas para luchar en contra de todo aquello que enferma. Hoy más que nunca duelen tantas cosas, pero a la vez, hay tanto que vale la pena trabajar, que hoy, después de leer sobre la “coño escritura”  de Erika Irusta, me dan ganas hablar, de reconocerme cíclica y en procesos creativos diferentes. Eso también forma parte de reencontrarnos reconociendo las violencias del mundo que nos alejan de nuestros procesos creativos y de reconocimiento del cuerpo exigiendo una racionalidad o un trabajo vació por el simple cumplir con algo, ¿qué?, parece que a veces no se tiene ni idea. Se nos pide hablar por hablar sin los tiempos para verdaderamente reflexionar y voltearnos a ver, que como si nos ahogáramos comenzamos a parlotear sin sentido. En todo caso canalizar esas exigencias en un ejercicio de escritura libre, quizá eso sí que nos serviría, o mejor dicho, hace falta.

Reconocer nuestros cuerpos y cómo nos sentimos, debe estar conectado con la racionalidad, la creatividad, las formas de comprender el mundo, de hablar de lo que nos mueve, de ser seres políticos y movilizarnos para actuar y seguir aprendiendo. Pero si no comenzamos por la primera, jamás podremos salir de la nube de smog en la que estamos inmersxs.

 

“Enlaces”

Black Mirror – “White Bear”

Ley de Talión =  Justicia (?)

Pintan-silueta-donde-fue-primer-linchamiento-en-Guadalajara-597782

 

Crónicas de un nuevo siglo

El barrio gritaba como todos los barrios: historias que cuestan
cinco pesos y la propina para el niño sagitario, el niño que quiere
cortar cabezas ahora, no cuando sea grande, entonces el niño sabe
que alguien cortará la suya, pero se lo guarda a un lado de los
cinco pesos y tiene esperanza y dice que de grande quiere tener
mucho dinero: cortar cabezas. Alguien le compra un diario, cinco
pesos, la nota dice algo así como descuartizados, el resto, algo
así como sexys edecanes de una empresa automotriz, algo así
como sexys edecanes de un buen pomo de alcohol, algo así como
Sagitario, tu color es el rojo, Sagitario, vive intensamente el día,
Sagitario, entrarán a tu casa y violarán a tu hermano y le cortarán
las manos, Sagitario, te cortarán la cabeza por haber cortado la
cabeza equivocada, por haberte equivocado, Sagitario, por nacer
pobre, Sagitario, por querer vivir intensamente el día, Sagitario,
tu color es el rojo, tu piedra.

Don Jorge lee el periódico
Torreón, Coahuila
Agosto

Xel-Ha López.

 

Me violaron en mi propia casa y comprendí que la ciudad es un cuerpo

Me di cuenta de que fomentar la delincuencia en la calle era una forma de hacer dinero con nuestros cuerpos, hacer que la gente se mueva todo el tiempo, que no se estabilicen.

Jana Leo.

Mapa-de-situación-Cristina-Porras

Mapa de situación por Cristina Porras.

 

Lanzo gritos de auxilio en enlaces desconectados, sin duda parece que nada tiene sentido, en realidad siento que a veces nada tiene sentido. Leo. La información está al alcance. Leo mientras estoy sentada en un cuarto aislado mientras las tripas se me hacen nudo, con la esperanza de que esos gritos de auxilio trasciendan las paredes de concreto y cristal; Un cuarto propio conectado. Pienso: “Espero estos mensajes en clave lleguen a alguien”, “espero tener respuesta”, “¿acaso de algo servirá?”, “¿comprenderán mi dolor?”.

 

Inserte su comentario abajo. Espero que mis sentires, de cara a las palabras, a las ventanas, genere redes en la mente e inquietudes en el corazón para comenzar a dialogar.

 

 

Señales de alarma

“Un mundo, muchos mundos”. ¿Acaso lo hemos entendido mal? qué mal nos ha hecho la individualidad en la que no nos miramos la cara porque nuestros mundos son tan ajenos y propios, tan enajenados, que incluso creamos la justicia para respaldarnos, esa que como ya nos decía Paco (el profe) es un “pa´cada quién lo suyo”, sin ver que hay un nuestro que nos ha llevado a ser una sociedad fracasada sin hacernos cargo de nadie, ni siquiera de nosotrxs mismas.

También ya lo decía el Sub Marcos (ahora Sub Galeano) en la cuarta: “El mundo que queremos es uno donde quepan muchos mundos. La Patria que construimos es una donde quepan todos los pueblos y sus lenguas, que todos los pasos la caminen, que todos la rían, que la amanezcan todos” (https://goo.gl/XHWH1b).

Una sociedad occidental híper narcisista que no logra ver el daño que se hace a sí misma y a lxs demás. Se nos impone la trascendencia burguesa como esquema de vida en esta sociedad del rendimiento, tal como le nombra  Byung-Chul Han en su libro “Sociedad del cansancio”, en la que aspiramos a nuestra propia esclavitud. Alguna vez ya dialogábamos sobre este libro en el programa de radio “La Clueca” desde la concepción de la locura; ahora vivimos en una sociedad de deprimidos, ansiosos y fracasados, hasta las enfermedades mentales son sumamente eurocentristas (para profundizar más en el tema, puedes escuchar el podcast del programa con fecha del 16 de junio de 2017 en el siguiente link: http://www.podcast.radiocarton.com/lp-rayado/).

Todo esto es una especie de condensación de pensamientos e ideas que surgieron y siguen surgiendo. Recuerdo nuevamente el capítulo de Black Mirror: Men Against Fire, en el cual es como si también, al igual que al protagonista, la máscara con la que siempre hemos mirado de pronto dejara de funcionar gracias a un artefacto que sirve para anularla (en este caso es la pantalla de nuestra computadora). Esas máscaras que nos hace ver del otro un ser completamente distorsionado al cual le han de llamar “cucaracha” y que por tanto, justifica por completo por toda su salvajidad su exterminio.

Quizá nosotros no tenemos esas máscaras que cambian nuestra visión sobre el mundo y las personas de forma física, sin embargo nuestras máscaras son todos esos discursos que nos han construido y que forman parte del mismo sistema estructural que nos configura y está respaldado por el discurso académico y especializado.

Una pequeña ventana de pronto nos dejan entre ver lo más oscuro de un nosotros (sociedad) y no podemos escapar sin sentirnos interpeladxs, porque de una forma u otra verlo nos da miedo, asco, repulsión, angustia; sentimientos reflejos del alma que nos manda señales de alarma de aquella imagen distópica, que ya nos viene alcanzando.

Llego a clase tarde y veo proyectado en la pantalla: “Un mundo, muchos mundos”, vienen a mi mente de inmediato los Zapatistas (esxs compañerxs que ahora más que nunca nos hacen un llamado de urgencia), y trato de hacerme una idea de lo que va la clase, me he perdido el inicio porque un amigo se regresa a Tijuana y lo he esperando unos minutos para irnos juntos en tren, pero claro, en la ciudad los tiempos van justos y si te desfasas tres, al final de habrás desfasado quince o veinte; la esclavitud del tiempo y de la economía. He llegado tarde, pero al final todo me conecta con aquello que ya vengo reflexionando. Las reflexiones van más allá de clase, están en lo cotidiano, sólo hay que cambiar de gafas.

Hagamos de nuevo un ejercicio crítico: ¿Por qué en nuestra sociedad… (Inserte aquí cualquier cosa que le joda)? Ahora responda (y pregúntese), qué hace usted para que eso cambie o en el mejor de los casos, de qué manera es partícipe.